Francisco Martínez de la Vega fue una de las conciencias más lúcidas del periodismo mexicano del siglo XX, y su estilo llevó siempre ese sello potosino caracterizado por la sobriedad y la falta de adornos inútiles.
En una época donde la prensa solía ser dócil ante los encantos del presupuesto oficial, Martínez de la Vega utilizó la columna política como un espejo incómodo para el régimen. Su crítica no nacía del hígado, sino del análisis frío de las estructuras del poder revolucionario institucionalizado.
Su labor demostró que la provincia mexicana posee una tradición de pensamiento crítico que no necesita de las luces del centro de la república para iluminar la realidad nacional.
Fue gobernador interino de su estado, lo que le dio un conocimiento directo de los engranajes de la burocracia que luego retrataría en sus textos con una ironía impecable. Martínez de la Vega nos enseñó que la opinión pública es un músculo que debe ejercitarse a diario para que no se atrofie con la lisonja.
Su legado es el periodismo de ideas, ese que prefiere la claridad de la denuncia bien estructurada al ruido del escándalo pasajero, manteniendo viva la tradición potosina de la pluma libre.


