En el San Luis del cambio de siglo, ir rápido no era una necesidad, era una forma de arrogancia. La velocidad se convirtió en el nuevo símbolo de estatus social. Antes, el prestigio se medía por el tamaño de la casa o el apellido; con el tranvía y los primeros automóviles, empezó a medirse por la capacidad de reducir el tiempo de traslado.
El que llegaba rápido era el que mandaba; el que tenía prisa era el que tenía negocios importantes. La lentitud se volvió, de pronto, una característica de la pobreza.
Esta nueva valoración del tiempo cambió la psicología de los potosinos. Empezamos a despreciar la pausa y a valorar el movimiento por el movimiento mismo. El tranvía, aunque lento para estándares modernos, era una máquina de superioridad frente al carretón de basura o al aguador que caminaba con sus cántaros. La velocidad nos dio una falsa sensación de eficiencia que ocultaba nuestra falta de destino claro.
En San Luis, correr se volvió un desplante de poder. Estar a tiempo —o mejor dicho, demostrar que tu tiempo vale más que el del vecino— fue la gran lección de la era industrial, convirtiendo al segundero en el nuevo látigo que nos obligaba a marchar al ritmo de una máquina que prometía llevarnos lejos, aunque siempre termináramos dando vueltas en la misma plaza.


