Cuando el tranvía empezó a circular por las calles potosinas, quedó claro de inmediato que la modernidad tenía un precio y que ese precio servía de filtro social. Aunque el vagón era el mismo, no todos los pasajeros eran iguales.
El transporte moderno dividió a la ciudad entre los que podían pagar el boleto para ir sentados y los que seguían gastando la suela de sus zapatos sobre el empedrado. El tranvía fue la primera aduana móvil de San Luis: se sabía quién eras por el simple hecho de que pudieras permitirte el lujo de no caminar.
Esta división no era solo económica, era una declaración de estatus. El uso del tranvía se convirtió en un ritual de distinción. La gente de bien lo usaba para ir a misa o para pasear por la Avenida Carranza, mientras que el trabajador lo veía pasar como un recordatorio de su propia fatiga. Se crearon zonas de exclusión invisible dentro del vagón, donde el roce de las ropas marcaba la distancia entre las clases.
El transporte público, que en teoría debía unir a la ciudad, terminó por subrayar sus fracturas. San Luis aprendió que el progreso siempre viaja con reservación y que, mientras unos rieles llevaban a la élite hacia el futuro, el resto de la población seguía anclada a la velocidad de sus propias piernas, viendo pasar la modernidad desde la orilla de la banqueta.


