La llegada del tranvía a San Luis Potosí, allá por 1888, fue recibida como si fuera el aterrizaje de una nave espacial. En una ciudad que se había acostumbrado a caminar para todo, la idea de ir sentado sobre rieles mientras unas mulas hacían el esfuerzo era casi un pecado de pereza.
El tranvía urbano no solo cambió la forma de moverse; cambió la geografía de la ciudad. Las rutas conectaban el centro con los barrios y la estación del tren, forzando un orden lineal en una urbe que siempre había sido un laberinto de esquinas.
Este sistema de transporte fue el primer gran ensayo de la vida moderna. Nos obligó a compartir el espacio con desconocidos en un vagón estrecho, midiendo nuestra importancia por la cercanía con la ventanilla.
El tranvía era una extensión de la sala de la casa: se discutía política, se saludaba a los conocidos y se vigilaba quién bajaba en qué parada. Aunque la tracción de mulitas fue sustituida después por la electricidad, la esencia era la misma: la ilusión de que San Luis era una metrópoli que no se detenía. El tranvía nos dio una noción de velocidad que hoy nos parecería cómica, pero que entonces nos hizo sentir que el futuro iba sobre rieles, aunque el camino fuera polvoriento y las mulas se detuvieran a descansar en cada sombra.


