Antes de que la industrialización alimentaria empaquetara las mañanas potosinas en cajas de cartón y harinas refinadas idénticas, el desayuno en la capital del estado era un trámite de sobriedad y sabor rústico dictado por la estacionalidad del campo y la cercanía de los mercados de barrio.
La primera comida del día no permitía las prisas modernas; requería el calor del brasero encendido con paciencia y la presencia de la olla de barro sobre las brasas.
El menú ordinario del burócrata, del artesano o del comerciante se sostenía sobre la trinidad del Altiplano: frijoles refritos con manteca de cerdo, un trozo de queso de aro traído de las haciendas vecinas y una buena dotación de tortillas calientes recién traídas del molino de la esquina. Los días de fiesta o de raya cobrada añadían huevos al alba con salsa de chile cascabel o un trozo de cecina seca traída por los arrieros. Se bebía chocolate espeso batido con molinillo de madera en tazas de loza o el café de olla tradicional.
San Luis desayunó durante décadas bajo esta dieta de la permanencia y el mortero, forjando un carácter parco y un cuerpo recio hecho para aguantar las largas jornadas de trabajo en una ciudad que siempre prefirió la solidez de los alimentos verdaderos antes que las novedades ligeras del aparador.


