La introducción de los primeros molinos mecánicos de nixtamal en las barriadas potosinas a finales del siglo XIX y principios del XX fue recibida como una bendición civilizatoria que alivió los brazos de miles de mujeres acostumbradas al suplicio diario del metate, pero también modificó el ritmo acústico de la madrugada en la provincia.
El local del molino —que solía instalarse en las esquinas estratégicas de barrios como Tlaxcala o Santiago— abría sus pesadas puertas de madera cuando el sereno todavía andaba apagando los faroles de gas, convirtiéndose en el primer punto de reunión comunitaria del día.
Hacer fila con la cubeta de lámina o el tazón de barro lleno de maíz amarillo o blanco era el ritual obligatorio antes de que el sol asomara por los cerros orientales. En esa antesala del comal se cruzaban las sirvientas de las casonas del centro con las madres de familia del barrio, compartiendo el frío de la mañana en una tregua democrática que solo la necesidad del maíz podía garantizar.
El molinero, un hombre cubierto por un fino polvo blanco y sudor de motor, administraba la tolva con una rapidez de operario industrial. San Luis aprendió a despertar con ese ronroneo de las piedras de moler, un engranaje ruidoso que integró a la periferia con la modernidad técnica a través de la masa y la tortilla diaria.


