La fundación de nuestra ciudad, el 3 de noviembre de 1592, fue un evento marcado por la improvisación y el optimismo desmedido. Resulta que unos mineros encontraron plata en el Cerro de San Pedro y, como suele ocurrir cuando hay dinero de por medio, el sentido común fue lo primero en salir por la ventana.
El problema era que el cerro, muy rico en metales, era lamentablemente pobre en agua. Así que las autoridades decidieron fundar la ciudad un poco más lejos, en un valle que tuviera al menos un charco decente, pero lo suficientemente cerca para que los trabajadores no se cansaran demasiado en el trayecto.
Fue una fundación apresurada. No se pensó en la planeación urbana, sino en la logística de la extracción. Los españoles trajeron a tlaxcaltecas para que hicieran el trabajo pesado y les enseñaran a los locales que la agricultura era más civilizada que la caza.
San Luis nació como una promesa de riqueza que obligó a gente de distintos mundos a convivir en un espacio que, originalmente, no estaba diseñado para ser una ciudad, sino una oficina de contabilidad minera. Empezamos con prisas y con deudas, una tradición que, según dicen algunos, todavía conservamos en ciertas dependencias de gobierno.


