Si Miguel Caldera hubiera nacido en nuestra época, probablemente sería consultor de crisis o secretario de gobernación vitalicio. En un siglo XVI donde la solución a todo era el arcabuz, Caldera inventó la «Paz por Compra».
Entendió antes que nadie que un guachichil con el estómago lleno y una manta nueva tenía muchas menos ganas de asaltar caravanas que uno con hambre y frío. Su estrategia consistió en convencer a la Corona Española de gastar el presupuesto de guerra en suministros básicos para los indígenas.
Fue una diplomacia brillante y cínica a partes iguales. Caldera no buscaba la justicia social, buscaba que la plata llegara a salvo a Zacatecas y de ahí a España.
Actuó como el puente perfecto entre dos mundos que se odiaban, usando su propio origen mestizo como credencial de neutralidad. Al final, logró que la guerra chichimeca terminara no con un tratado heroico, sino con una factura de gastos de representación que incluía ganado, maíz y mucha paciencia. Caldera nos enseñó que en San Luis, la paz no se firma con sangre, se negocia con lo que haya en la despensa.


