Durante siglos, la vida potosina no se midió en años, sino en vetas. El Cerro de San Pedro fue el dictador invisible de nuestra existencia cotidiana.
Si el cerro daba plata, la ciudad florecía, se construían iglesias con altares de oro y las señoras estrenaban vestidos de seda. Si el cerro se ponía tacaño, la ciudad entraba en una depresión moral y económica que ni todos los rezos de la Catedral podían remediar.
Esta obsesión minera moldeó nuestro carácter: nos volvimos gente que siempre está esperando el golpe de suerte, pero que vive con el miedo constante de que la veta se agote. La arquitectura misma de la ciudad es un homenaje a esa riqueza extractiva; las grandes casonas del centro no se hicieron para vivir cómodamente, sino para demostrar que el dueño tenía una mina que funcionaba.
Vivimos con la vista puesta en el cerro, ignorando que el suelo que pisamos se iba quedando vacío por dentro. En San Luis, la minería no fue un oficio, fue una religión que nos dejó iglesias preciosas y un agujero enorme en la geografía y en el presupuesto.


