La clasificación social en el San Luis colonial era una ciencia exacta y despiadada. Los registros no se limitaban a contar cabezas, sino que las etiquetaban según un sistema de castas que hoy nos parecería una broma de mal gusto.
Español, criollo, mestizo, mulato… cada término definía tus posibilidades de supervivencia. Tu lugar en el censo determinaba a qué oficios podías aspirar y qué ropa tenías prohibido usar. Este registro de jerarquías servía para mantener la estructura de poder sin necesidad de recordarla a diario; la etiqueta lo hacía por ti. Si el libro decía que eras indio de barrio, tu destino era la mina; si decía que eras español peninsular, el mundo te pertenecía por decreto.
En San Luis, la jerarquía registrada era la base de la tranquilidad pública. Aprendimos a movernos dentro de nuestra etiqueta, sabiendo que intentar saltar de una categoría a otra era un desafío al orden divino y, sobre todo, al orden burocrático que era mucho más difícil de convencer.


