El despertar del San Luis antiguo poseía una fisonomía olfativa nítida que las pantallas y el hollín de los motores modernos terminaron por disolver. Antes de las siete de la mañana, caminar por los callejones del centro o por las orillas de los barrios tradicionales era someterse a una densa coreografía de aromas que informaba al transeúnte con precisión milimétrica sobre las rutinas domésticas que se encendían detrás de los muros de adobe.
El olor dulzón del maíz cocido con cal saliendo de los molinos se mezclaba en el aire con el humo denso de la leña de mezquite que comenzaba a arder en las cocinas, un perfume rústico que la humedad de las acequias arrastraba por las banquetas. Poco después, aparecía el aroma del café de olla endulzado con piloncillo y canela, que anunciaba que el brasero ya estaba en su punto.
Este paisaje de olores forjó una memoria sensorial compartida por todas las clases sociales: ricos y pobres despertaban bajo el mismo techo de humo y nixtamal, una atmósfera familiar que recordaba al peatón que la ciudad seguía viva y masticando su realidad con el mismo sabor de todas las mañanas.


