El transeúnte que recorre las calles de Abasolo o Vallejo suele concentrar la mirada en los imponentes balcones de fierro forjado o en los remates neoclásicos de las cornisas. Sin embargo, la verdadera ingeniería de la supervivencia doméstica en el San Luis Potosí del siglo XIX se encuentra en un detalle minúsculo y casi invisible al nivel del suelo: los respiraderos de las banquetas. Se trata de pequeñas rejillas, algunas labradas en bloques de cantera y otras forjadas en hierro fundido, empotradas directamente en la base de las fachadas señoriales.
Lejos de ser un simple adorno o un desagüe pluvial, estos elementos funcionaban como el sistema de ventilación de una red oculta de sótanos, alacenas de conservación y bodegas de combustible que yacían debajo de las salas de respeto.
La humedad provocada por los mantos freáticos de la capital potosina representaba una amenaza constante para la estabilidad estructural de los gruesos muros de adobe y piedra. Al permitir la circulación continua de corrientes de aire fresco desde la calle, los respiraderos evitaban la concentración de hongos, enfriaban de forma natural los depósitos de alimentos y disipaban el olor espeso del carbón de mezquite que alimentaba las cocinas trasteras.
Estas rejillas son el testimonio de una urbe que entendía que para sostener la elegancia de la fachada pública, primero había que asegurar la salud climática de los subterráneos.


