Antes de que los sistemas de climatización eléctrica y los ventiladores de aspas uniformaran la temperatura de los espacios interiores, el habitante del San Luis antiguo dependía de un dispositivo manual y eficiente integrado a sus ventanas para sobrevivir al humor del termómetro: los postigos de madera.
Estas pequeñas compuertas interiores, articuladas con bisagras de forja sobre el marco de las grandes ventanas de guillotina, constituían el verdadero regulador climático de las alcobas potosinas.
El manejo de los postigos era un oficio que requería de la atención de la servidumbre a lo largo del día. Durante las mañanas frescas de julio, se abrían por completo para inundar las estancias con el aire limpio que bajaba de los cerros; al llegar el medía y arreciar el sol del Altiplano, los postigos se entornaban de forma estratégica para crear una barrera de penumbra que impedía el calentamiento de las habitaciones altas, manteniendo el interior con una frescura de bodega.
Asimismo, en las tardes de tolvanera comunes en la región, las hojas de madera se cerraban firmemente para sellar la casa contra el polvo fino del desierto sin necesidad de clausurar la entrada de luz superior, demostrando que la comodidad térmica de la vieja provincia no necesitaba de tecnologías importadas, sino de saber negociar con los postigos el humor del clima exterior.


