El fenómeno social del fútbol y la experiencia colectiva de las copas del mundo encontraron en San Luis Potosí una fisonomía urbana muy particular a través de la implementación de los llamados Fan Fests.
Lo que en las últimas décadas del siglo pasado comenzó como una aglomeración espontánea, ruidosa y caótica de aficionados frente a las vitrinas de las tiendas de electrodomésticos en el pasaje Hidalgo, o en el interior de las cantinas tradicionales del centro histórico, se transformó con el cambio de milenio en masivas y sofisticadas intervenciones del espacio público coordinadas por las autoridades municipales y los patrocinadores comerciales.
Las plazas principales de la capital, como la Plaza de Aranzazú, o la imponente Plaza de Fundadores, han mudado temporalmente su solemnidad de piedra barroca para convertirse en verdaderos estadios de asfalto y cantera.
La instalación de pantallas gigantes de alta definición, robustos sistemas de audio y escenarios patrocinados modificó por completo el ritmo de la burocracia, las escuelas y el comercio en los días de partido de la selección nacional.
Miles de potosinos, unificados por la camiseta verde y desafiando el calor del Altiplano, paralizan por completo sus jornadas laborales para abarrotar los andadores céntricos, compartiendo el desahogo del grito, el suspiro colectivo y el festejo desbocado bajo el sol plomizo del medía.
Estos festivales de la emoción de masas demostraron que la plaza pública potosina posee una envidiable capacidad de reconversión social, funcionando como el gran termómetro civil donde la identidad y la euforia de la provincia se miden y se celebran al unísono, al compás de un balón rodando en cualquier cancha del planeta.


