La década de 1920 marcó el inicio de una guerra civil de materiales en el suelo de la capital potosina, un choque estético y técnico que enfrentó a la vieja fisonomía porfiriana de cantera con las exigencias del incipiente motor de combustión interna: la llegada del asfalto. Las primeras cuadrillas de ingenieros civiles que comenzaron a verter densas capas de chapopote negro sobre los andadores tradicionales del centro histórico desataron una controversia que dividió las opiniones en los portales comerciales y las tertulias de café.
Para las autoridades de la modernidad revolucionaria, el pavimento liso era la marca indispensable de la higiene y el progreso, un suelo uniforme que eliminaba el traqueteo infernal de las ruedas de los automóviles y ponía fin al lodo que las tormentas de julio arrastraban desde San Miguelito.
En cambio, los nostálgicos de la provincia y los gremios de maestros canteros veían en el asfalto una alfombra fúnebre y vulgar que sepultaba la personalidad artesanal de la urbe, amenazando con dejar sin oficio a los picapedreros que habían labrado la identidad del Altiplano bloque por bloque. San Luis Potosí tuvo que ceder ante la tiranía de la prisa industrial, forjando esa fisonomía híbrida que hoy pisamos, donde la herradura debió replegarse a los callejones interiores para cederle las avenidas principales al rodamiento silencioso del neumático moderno.


