El verano de julio en la capital potosina siempre ha sido un ejercicio de resistencia contra el termómetro y la sequedad del Altiplano. Sin embargo, mucho antes de que los locales comerciales establecidos y las neverías mecánicas uniformaran el centro histórico, los habitantes del siglo XIX encontraron su verdadero desahogo contra el bochorno de la estación en un pintoresco fenómeno logístico que transformaba el paisaje del paseo de la Alameda: las neverías flotantes.
Estos establecimientos no eran edificios de cantera rosa, sino carritos itinerantes de madera rústica, techados con mantas de yute mojadas para enfriar el aire y montados sobre ruedas delgadas que se estacionaban a la orilla del antiguo lago de la Alameda. Los neveros ambulantes, hombres de manos encallecidas por el manejo del hielo y la sal en grano, batían las garrafas de peltre desde la madrugada en los patios de los barrios vecinos. Por unos cuantos centavos, el transeúnte de la provincia adquiría un vaso de nieve de limón, de mantecado o de las míticas combinaciones con tuna y frutas de la huerta de Rioverde, consumiéndola con una parsimonia que desafiaba la rutina laboral.
La Alameda se convertía así en el gran salón de respeto veraniego de la ciudad. Bajo la sombra de los fresnos y junto al espejo de agua, los caballeros se quitaban el sombrero de bombín para refrescarse la frente, las damas desplegaban abanicos de seda y los estudiantes discutían las crónicas de los juzgados locales mientras esperaban el repique de las iglesias. Esos mostradores efímeros fueron el combustible líquido de la civilidad potosina; un ritual de supervivencia urbana que le enseñó a la capital que la dignidad pública frente al desierto se mantiene intacta si se acompaña de una buena cuchara de madera, el chisme del día y la complicidad de la frescura que regalaba la orilla del agua.


