Las banquetas de los portales de la Plaza de Armas y los andadores que rodean los templos del Carmen y San Francisco exhiben una irregularidad geológica que las suelas modernas resienten: los bloques de cantera rosa están hundidos, pulidos y deformados en su centro.
Este desgaste severo de las losas no es producto de fallas en la colocación ni de la erosión exclusiva del agua pluvial; es la caligrafía material dejada por millones de pasos anónimos a lo largo de más de tres siglos de historia urbana.
Cada concavidad en la cantera representa el paso rítico de la cotidianidad de la provincia. Por esas piedras caminaron los aguadores cargando los pesados chochocoles de barro, las cofradías coloniales arrastrando sus túnicas en los lutos obligatorios, los peones que bajaban de los barrios tradicionales a cobrar su raya y las damas de sociedad que lucían sus botines finos durante las retretas del domingo.
La cantera rosa, a pesar de su solidez pétrea, posee una porosidad dócil que cede ante la fricción constante del cuero y la alpargata. Mirar el suelo deformado del centro no es contemplar el descuido de la vialidad, sino leer el registro fósil de una urbe caminante donde el andar diario terminó por esculpir su propia memoria sobre la piel rosa de la provincia.


