Ignacio Montes de Oca y Obregón representa esa extraña y fascinante figura del clérigo que se sentía igual de cómodo en el altar que en la academia. Durante su mandato como obispo de San Luis Potosí, la ciudad experimentó un auge cultural que iba de la mano con la influencia religiosa.
Montes de Oca no solo buscaba la salvación de las almas, sino la sofisticación de los intelectos. Su biblioteca personal era la envidia de los estudiosos y sus escritos eran leídos con respeto en ambos lados del Atlántico.
Su influencia fue lo que hoy llamaríamos «poder suave». No imponía su autoridad a base de amenazas infernales, sino a través de la distinción y el conocimiento. Fomentó las artes, apoyó la educación laica —siempre y cuando fuera de calidad— y se convirtió en el árbitro del buen gusto potosino.
Con él, el clero dejó de ser solo una institución de control para volverse una institución de cultura. San Luis aprendió de su obispo que se puede ser devoto y cosmopolita al mismo tiempo. Su legado fue una ciudad que mira hacia el cielo pero que también sabe leer a los poetas griegos, una combinación de fe y letras que todavía flota en el aire de las iglesias del centro histórico.


