Mantener viva a una ciudad en medio del desierto requiere una logística de guerra que los potosinos hemos perfeccionado por siglos. El abastecimiento diario de San Luis dependía de una red de arrieros, agricultores y comerciantes que movían los productos indispensables antes de que la ciudad despertara.
La leche llegaba en cántaros de barro, las hortalizas de las huertas de los barrios de Santiago y Tlaxcala, y la carne de los rastros periféricos. Era un mecanismo aceitado por la necesidad y el hábito.
Esta producción constante garantizaba que San Luis nunca se detuviera. El mercado era el corazón de este sistema; allí se negociaba la supervivencia de la capital cada mañana. La falta de refrigeración obligaba a una frescura extrema: lo que se mataba o se cosechaba al alba debía estar en la cocina al mediodía. Esta dependencia total del entorno inmediato creó una conexión profunda entre la ciudad y sus campos vecinos.
Aprendimos a valorar la logística silenciosa que permitía que la vida siguiera su curso sin sobresaltos. En San Luis, la normalidad consiste en que el panadero llegue a tiempo y el mercado esté lleno, recordándonos que la civilización es, en última instancia, el arte de asegurar que nadie se quede con hambre mientras discute el destino de la nación.


