Mucho antes de que las fábricas de hielo artificial y los refrigeradores modernos uniformaran la conservación de los alimentos, disponer de hielo en las mesas finas y en los mostradores de San Luis Potosí era un lujo logístico monumental que requería el esfuerzo rudo de los neveros ambulantes.
El hielo no se fabricaba en el centro de la ciudad; se traía a lomo de mula desde los antiguos «pozos de nieve» excavados en las partes altas de la Sierra de San Miguelito.
Durante el invierno, los operarios recolectaban el granizo y la escarcha de las cumbres, compactándola en fosas profundas techadas con paja y ramas de mezquite para evitar que el sol de la primavera la derritiera antes de tiempo.
En los meses de calor, el bloque de hielo se cortaba en piezas pesadas, se envolvía en mantas viejas y sacos de yute, y se transportaba a prisa en la madrugada hacia las neverías comerciales del centro histórico. Cada barra que llegaba intacta al mostrador era un triunfo contra la física del desierto.
Los potosinos pagaban caro el centavo de frío, conscientes de que esa nieve de garrafa que refrescaba la tertulia de la tarde había costado semanas de resguardo en la sierra y una carrera contra el reloj conducida por los arrieros del rumbo.


