Ser un ciudadano respetable en el San Luis Potosí del siglo pasado requería, antes que cualquier otra credencial de estudios o apellidos, demostrar una disciplina de la previsión doméstica que organizara los gastos del hogar con la rigidez de un presupuesto notarial.
La pedagogía del zaguán enseñaba a los hijos desde la infancia que el dinero de la raya semanal no se gastaba entero en las novedades de las mercerías o en las tertulias de las cantinas; se dosificaba guardando siempre una parte para los tiempos difíciles del invierno o las épocas de peste.
Esta cultura de la cautela económica cruzaba todas las clases sociales: desde la lavandera del barrio que guardaba sus monedas de cobre en un calcetín escondido bajo el colchón de lana, hasta el gran comerciante del centro que diversificaba sus inversiones en fincas urbanas y barras de plata bien resguardadas en las cajas de caudales de los bancos.
No se vivía al día porque el Altiplano no permitía los descuidos biológicos. La previsión potosina fue una estrategia de resistencia civil y moral que nos hizo una sociedad escéptica ante los entusiasmos repentinos y los lujos efímeros, enseñando a las generaciones del desierto que la verdadera libertad consiste en tener el cerrojo echado, la tinaja llena y el mañana asegurado bajo el techo de la propia casa.


