Las casonas antiguas de San Luis Potosí no se diseñaron para complacer las modas arquitectónicas vistosas de la capital del país; se construieron como fortalezas térmicas diseñadas para resistir las variaciones extremas de un clima que pasa del calor sofocante del mediiadía al frío calante de la noche en cuestión de horas.
Los muros de adobe y piedra de más de un metro de espesor eran los escudos indispensables que aislaban la intimidad familiar de la hostilidad del Altiplano.
Las fachadas eran ciegas hacia la vía pública, con ventanas protegidas por densas rejas de hierro que limitaban el paso del sol y del polvo finísimo que los vientos de junio arrastraban desde los cerros. Todo el diseño miraba hacia el interior, hacia los corredores sombreados que daban al patio central.
Esta arquitectura del repliegue material reflejaba con fidelidad el conservadurismo del carácter local: se prefería la pesadez de una estructura que tardaba horas en calentarse a la ligereza de los materiales modernos, confirmando que en San Luis la comodidad habitacional siempre ha dependido de saber interponer una buena barrera de piedra entre la intimidad de la sala y los extremos del desierto exterior.


