La llegada del verano a la capital potosina desataba una costumbre social tan indispensable como rigurosa en sus modales: la hora de salir a «tomar el fresco». En una urbe de clima seco y extremos térmicos, el interior de las viviendas solía acumular el calor del mediodía, obligando a las familias del centro y de los barrios tradicionales a mudar su convivencia hacia el espacio público en cuanto las sombras de los templos se estiraban sobre las plazas.
La caminata vespertina por la Alameda o el Jardín Hidalgo no era un juego libre; era una pasarela de etiqueta informal. Se acudía a las neverías y refresquerías de la plaza para adquirir una nieve de garrafa o una horchata, consumiéndola con una parsimonia que desafiaba la prisa laboral.
Los hombres inclinaban el sombrero ante las damas que paseaban con abanicos de seda, mientras los ociosos de las bancas evaluaban la compostura del rumbo. Tomar el fresco era la forma elegante en que San Luis modulaba el bochorno de la estación: la calle se convertía en la sala de respeto compartida por la vecindad, demostrando que en el Altiplano, la tiranía del termómetro se vence mejor cuando se comparte el andador y se procesa el chisme del día con la complicidad de la frescura de la tarde.


