La inauguración del Museo Leonora Carrington en las instalaciones del antiguo Centro de las Artes (ex-penitenciaría) es el acto de «tragicomedia arquitectónica» más brillante de San Luis Potosí. Leonora, la artista que escapó de guerras y manicomios europeos, encontró en nuestra ciudad el lugar perfecto para que sus criaturas de bronce descansaran.
Lo irónico es que estas esculturas, que representan la libertad absoluta de la mente, están rodeadas por los mismos muros que durante un siglo albergaron el encierro y la desesperación. Es el diálogo más extraño del mundo: la rigidez de la disciplina carcelaria frente a la fluidez de un sueño surrealista.
Ver a las figuras de Leonora bajo el sol potosino es entender que nuestra ciudad tiene una veta de locura genial oculta tras su fachada seria. El CEART pasó de ser el lugar donde se castigaba el cuerpo a ser el lugar donde se libera el espíritu a través del arte.
Lo interesante es que hoy pagamos entrada para entrar a una celda a ver una escultura, cuando antes la gente daba todo por salir de ahí. Leonora en San Luis es el recordatorio de que la belleza puede florecer en cualquier parte, incluso en el lugar más oscuro, y que el potosino, a pesar de su fama de tradicionalista, tiene un corazón que late al ritmo del surrealismo más puro y fascinante.


