Aunque la Procesión del Silencio es el evento estelar de la Semana Santa potosina, los preparativos de marzo son la verdadera muestra de la devoción organizada del estado. El Viernes de Dolores es el ensayo general de nuestra tristeza colectiva.
Nos preparamos con meses de anticipación para demostrar que nadie sufre con tanta elegancia y orden como nosotros. Las cofradías limpian sus andas, pulen sus bronces y planchan sus capirotes con una disciplina que ya quisiéramos para pagar los impuestos. Es el arte de convertir el dolor en un espectáculo turístico de primer nivel.
Nuestra fe de marzo contrasta entre la austeridad del rito y la derrama económica que esperamos. San Luis se pone su máscara de luto para recibir a miles de visitantes que vienen a ver cómo guardamos silencio en medio de una ciudad que normalmente es un caos de claxons.
El Viernes de Dolores marca el inicio de esa transformación anual: dejamos de ser ciudadanos comunes para convertirnos en actores de un drama sacro que nos da identidad frente al mundo. Es el orgullo de saber que, en San Luis, hasta para llorar tenemos un protocolo impecable y una cantera rosa que sirve de marco perfecto para nuestra melancolía heredada.


