Cuando el cólera o la viruela llegaban a San Luis, la ciudad cambiaba su ritmo de una forma dramática y egoísta. La cortesía de los saludos se esfumaba y era sustituida por una sospecha generalizada hacia el prójimo.
Las epidemias no solo traían muerte, sino una reconfiguración total de la vida social: se dejaban de frecuentar los mercados, se prohibían las reuniones y hasta los templos cerraban sus puertas por miedo a que el contagio fuera más fuerte que la fe.
Estas crisis sanitarias nos enseñaron a ser higiénicos a la fuerza, pero también a ser mucho más individualistas. Aprendimos a ver el peligro en la mano extendida del amigo y a desconfiar del aire que compartíamos.
La ciudad, tras cada epidemia, salía un poco más asustada y con un par de santos nuevos en el calendario, pero con la misma incapacidad crónica de resolver los problemas de drenaje que causaban las tragedias. La enfermedad era el único evento capaz de romper la estructura social potosina, recordándonos que, ante la fiebre, todos los apellidos de cantera rosa pesaban exactamente lo mismo que el barro de los barrios.


