Los hospitales antiguos de la ciudad eran lugares donde la medicina se mezclaba con la teología de una forma inquietante para el paciente. Se iba al hospital a morir con dignidad o a sobrevivir por un milagro, rara vez por la efectividad de la ciencia médica de la época.
La atención dependía más de la caridad de las órdenes religiosas que de los conocimientos de los doctores, que solían estar más preocupados por la estética de sus batas que por los síntomas de los enfermos.
El hospital era también un centro de control social: ahí terminaban los que no tenían familia que los cuidara, los vagabundos y los soldados heridos en revueltas que nadie recordaba.
Era un espacio donde el olor a incienso peleaba contra el olor a enfermedad, y donde el paciente aprendía rápido que su salvación dependía tanto de sus oraciones como de las pócimas de dudosa procedencia que le administraban.
Entrar en un hospital potosino era un acto de fe absoluta, un viaje al borde del abismo donde la ciencia y la religión se daban la mano mientras el enfermo esperaba, con resignación, a ver cuál de las dos fuerzas llegaba primero a su auxilio.


