En los mercados antiguos de San Luis, pagar el primer precio que pedía el comerciante no era una muestra de generosidad, sino una falta de modales y una declaración de ignorancia comercial insoportable.
El regateo era la etiqueta económica obligatoria del Altiplano, una coreografía verbal de ofertas, quejas por la carestía y amagos de retirada que requería paciencia y una gran actuación por ambas partes. Ninguna transacción seria se resolvía en menos de cinco minutos de estira y afloja.
El ritual permitía medir las fuerzas entre el comprador y el vendedor. La ama de casa potosina desplegaba toda su elocuencia criticando la frescura del jitomate o la madurez de la fruta, mientras el tendero juraba por todos los santos del altar que darlo más barato sería la ruina de sus hijos.
El acuerdo final, que solía dejar a ambos conformes pero simulando indignación, era un triunfo de la diplomacia callejera. El regateo humanizaba el comercio en una sociedad desconfiada: el dinero no se entregaba de forma fría a una máquina, sino que se negociaba cara a cara, demostrando que en San Luis, hasta el precio del medio kilo de manteca debe someterse al escrutinio de la palabra y al juicio del sentido común de la banqueta.


