La infancia en el San Luis antiguo no era esa etapa idílica de juegos y risas que hoy nos venden los anuncios de juguetes. Para la mayoría de los niños, la vida empezaba con responsabilidades tempranas: ayudar en el taller del padre, cuidar a los hermanos menores o aprender los modales rígidos que exigía la sociedad de entonces. La disciplina era la norma indiscutible, y el castigo físico una herramienta pedagógica aceptada por todos sin cuestionamientos.
Se crecía rápido en una ciudad que no tenía tiempo para caprichos infantiles ni paciencia para la debilidad. Los niños de las clases altas eran pequeños adultos vestidos con trajes incómodos, mientras que los de las clases bajas eran trabajadores en miniatura.
La idealización de la niñez es un invento moderno que a nuestros abuelos les hubiera parecido una pérdida de tiempo peligrosa; para ellos, un niño era simplemente un proyecto de adulto que todavía no sabía comportarse ni guardar silencio. Se jugaba en los patios, sí, pero siempre con un ojo puesto en la autoridad que recordaba que la vida era un asunto serio que no permitía demasiadas distracciones.


