La economía que sustentaba las fiestas de San Pedro y San Pablo en los barrios fundacionales de San Luis Potosí —como San Pedro o Tlaxcala— funcionaba bajo un engranaje de fiscalización comunitaria voluntaria que hoy parecería imposible de replicar. Las mayordomías no contaban con subsidios del gobierno civil ni con el dinero de las marcas comerciales; el financiamiento de los imponentes castillos de pólvora, la música de viento y el mole de las cocinas comunitarias dependía de una colecta minuciosa que iniciaba con meses de anticipación.
El mayordomo, un vecino respetable elegido por la propia cuadra, recorría las calles con una libreta vieja donde anotaba los centavos que cada familia aportaba según sus posibilidades.
El peón ponía su cobre, el comerciante estiraba el billete y las viudas cooperaban con el trabajo del comal. Esta administración de la escasez exigía una transparencia absoluta: un centavo mal registrado arruinaba la reputación familiar del encargado para siempre.
Las fiestas patronales demostraron que el barrio poseía una capacidad de organización económica autónoma y sumamente eficiente, un milagro financiero anual donde el compromiso con el santo patrono era la única divisa necesaria para demostrar que la periferia de la ciudad podía lucir tan espléndida y ruidosa como los palacios del centro histórico.


