El remate superior de las fachadas del Centro Histórico ofrece una línea de molduras labradas que recortan el cielo potosino con elegancia neoclásica: las cornisas de cantera rosa.
Quien contempla estas estructuras suele catalogarlas como un simple desplante de adorno aristocrático destinado a coronar la altura de las fincas residenciales y bancarias. Sin embargo, detrás de sus elaboradas formas geométricas y pechos de paloma se escondía una función técnica de vital importancia para la conservación del edificio.
La cornisa de cantera operaba como el paraguas estructural de la casa. Su saliente, calculado con precisión por los alarifes locales, tenía la misión de desviar el torrente de agua pluvial que escurría desde las azoteas durante los aguaceros torrenciales de verano, arrojando el líquido a una distancia prudente de la banqueta.
Al evitar que el agua lavara de forma directa la superficie de la fachada, la cornisa protegía las costuras de cal y arena de las uniones de piedra y, sobre todo, impedía que la humedad se filtrara hacia los interiores de los muros de adobe, que habrían colapsado ante el ablandamiento de la tierra húmeda.
Un elemento arquitectónico donde la utilidad y la belleza se fundieron con la solidez de la cantera, demostrando que en el viejo San Luis, hasta el adorno más sofisticado tenía que ganarse el sustento protegiendo la integridad del zaguán.


