Antes de que el tiempo se volviera un asunto digital y estresante, en San Luis lo mandaba la campana de la parroquia. La iglesia era el gran metrónomo de la vida cotidiana: se despertaba con el alba, se comía con el ángelus y se cerraban las puertas con el toque de queda espiritual.
Nadie necesitaba un reloj de bolsillo cuando la torre de la Catedral dictaba el ritmo de los negocios y de las siestas con una autoridad divina.
Este control del tiempo daba una sensación de orden a una realidad que solía ser bastante caótica. El tiempo social no le pertenecía al individuo, sino a la institución, que se encargaba de recordarnos a cada hora que la vida es breve y que el juicio final no acepta retrasos por tráfico.
Era un ordenamiento que nos hacía sentir parte de un plan mayor, aunque ese plan consistiera principalmente en llegar a tiempo a misa de siete para ver quién más había asistido. En San Luis, la puntualidad no era una virtud cívica, sino una obligación religiosa que mantenía a la ciudad girando sobre su eje de cantera y devoción.


