Francisco de la Maza, nacido en San Luis Potosí, fue uno de los historiadores del arte más rigurosos y apasionados de México. Su obsesión no era solo estudiar el pasado, sino protegerlo de la ignorancia de los planeadores urbanos que veían en los edificios coloniales simples obstáculos para el automóvil.
De la Maza dedicó gran parte de su vida a catalogar y defender el arte barroco, un estilo que en el siglo XX era despreciado por quienes preferían la frialdad del concreto y las líneas rectas de la modernidad.
Su defensa del patrimonio urbano fue una batalla constante contra la burocracia y el «progreso» mal entendido. Para él, derribar una fachada antigua para ensanchar una calle era un acto de barbarie cultural. En San Luis, su voz resonó con fuerza cuando la ciudad empezó a transformarse a base de demoliciones. De la Maza nos enseñó que la identidad de una nación se sostiene en sus monumentos y que el arte colonial es el testamento de nuestra complejidad histórica.
Su legado es esa mirada crítica que hoy nos obliga a detener el martillo antes de tocar una pared de cantera, recordándonos que la belleza antigua no es un lujo decorativo, sino el cimiento de nuestra memoria colectiva.


