Administrar una ciudad como San Luis Potosí en tiempos de inestabilidad requería de algo más que buenas intenciones; requería de un miedo colectivo bien administrado. Las autoridades del siglo XIX entendieron que el miedo es el cemento social más barato y efectivo. No se necesitaba un ejército en cada calle si lograbas que cada ciudadano se sintiera vigilado por la posibilidad de un castigo ejemplar. El miedo no era una anomalía, era una herramienta de gobierno tan necesaria como el cobro de impuestos o el alumbrado público.
Este miedo se alimentaba de los rumores y de las ejecuciones públicas. Se buscaba un estado de sospecha constante que evitara que la gente se agrupara para cuestionar el orden establecido. El miedo colectivo permitía que una pequeña élite gobernara sobre una mayoría silenciosa, basándose en la premisa de que es más fácil mandar a un hombre asustado que a uno convencido.
En San Luis, esta administración del temor se infiltró en las costumbres: aprendimos que la paz no era la ausencia de conflicto, sino la presencia constante de un temor reverencial a la autoridad.


