Antes de la llegada de los bomberos formales con sus uniformes brillantes y sus camiones ruidosos, el combate al fuego en San Luis era un ejercicio de solidaridad desesperada.
En cuanto las campanas de la iglesia tocaban a rebato, la ciudad entera se convertía en una brigada improvisada. Se formaban las famosas «cadenas de cubetas»: una fila de hombres y mujeres que se pasaban baldes de agua desde la fuente más cercana hasta el lugar del incendio. El orden lo ponía la urgencia y, a veces, la autoridad local que intentaba dirigir el caos. El éxito dependía de la velocidad de los brazos y de la generosidad de los pozos vecinos.
Era una forma de organización básica, heroica y frecuentemente inútil ante la magnitud de las llamas. Esta vulnerabilidad obligó a la creación de las primeras reglamentaciones de seguridad, que prohibían almacenar pólvora en el centro o exigían que las cocinas estuvieran separadas del resto de la casa.
Fue el inicio de nuestra conciencia sobre la seguridad civil, nacida del miedo a perderlo todo en un solo balde de agua que llegó demasiado tarde.


