La arquitectura de San Luis Potosí ha sido, históricamente, una contradicción peligrosa. Por fuera, las casas de las familias acomodadas mostraban la solidez de la cantera, pero por dentro eran una trampa de materiales altamente combustibles.
Vigas de madera seca, techos de tejamanil y viguería, alfombras pesadas y cortinajes de tela gruesa esperaban la menor chispa para arder. El descuido era la norma: la iluminación dependía de velas y lámparas de aceite, y la calefacción de braseros de carbón que se movían de una habitación a otra sin mayor precaución. La infraestructura urbana para combatir el fuego era inexistente; no había tomas de agua ni cuerpos organizados. Un incendio en el siglo XIX era una sentencia de muerte para el patrimonio.
La falta de un sistema de alerta rápido significaba que, para cuando los vecinos se daban cuenta del siniestro, el fuego ya era dueño absoluto de la estructura. San Luis era una ciudad hermosa, pero estaba construida sobre la posibilidad constante de desaparecer en una noche de descuido y humo.


