San Sebastián nació como un barrio de hortelanos y gente de trabajo rudo que alimentaba a la ciudad minera.
Su templo, con esa fachada de cantera que parece un encaje, es el corazón de una comunidad que siempre ha defendido su identidad frente al crecimiento del centro. Caminar por sus calles es descubrir una traza caprichosa que todavía conserva ese aire de pueblo dentro de la metrópoli.
Sus habitantes se enorgullecen de ser los guardianes de las tradiciones más antiguas, desde las posadas hasta las fiestas patronales que huelen a pólvora y a devoción sincera, demostrando que en San Luis los barrios son los que realmente sostienen la historia.


