En una época donde la medicina era una mezcla de ciencia y esperanza, la Botica Iturralde se erigió como el templo de la salud potosina.
Ubicada en el centro, era el lugar donde los frascos de porcelana y el olor a éter daban confianza a los atribulados. No solo se vendían remedios, se vendía prestigio y atención personalizada.
La botica era el centro de operaciones del chisme clínico, donde el farmacéutico sabía más de la vida de los vecinos que el propio confesor de la Catedral. Hoy es un recuerdo de la época en que la salud era un oficio de artesanos y no una transacción de farmacia de cadena.


