La fisonomía de las casonas señoriales del centro de San Luis Potosí responde a una lógica habitacional y de transporte que hoy nos resulta completamente ajena: la traza urbana pensada para la fuerza animal.
Cruzar el portón monumental de encino de una finca de la calle Madero no era ingresar de inmediato a las salas de estar, sino a un espacioso primer patio empedrado cuyo diseño geométrico y altura de techos estaban calculados para permitir el acceso holgado de carruajes, diligencias y recuas de mulas cargadas de mineral.
Este patio de carretas era el centro logístico del hogar. Allí se descargaban las arrobas de maíz de las haciendas, se revisaban los herrajes de las ruedas y se preparaban los caballos antes de salir hacia el Camino Real de Tierra Adentro.
La arquitectura doméstica subordinaba la comodidad residencial a las necesidades del tiro: los cuartos de los cocheros y las bodegas de pastura flanqueaban el vestíbulo, manteniendo un olor espeso a establo y cuero viejo que convivía con la solemnidad de la fachada de cantera rosa. Las casas se construían con la pesadez de una fortaleza logística que entendía que para sostener el prestigio civil en la plaza pública, primero había que asegurar un buen corral trasero donde cupiera la prisa del carromato.


