La estampa idílica de las calles del San Luis porfiriano, con sus caballeros de bombín y sus damas paseando con sombrilla por los portales, choca de frente con la realidad material de una logística urbana que dependía por completo de la tracción de sangre.
Detrás de los zaguanes señoriales de la calle Carranza o en las trastiendas de los grandes almacenes, operaban masivos corrales y caballerizas donde se hacinaban las mulas de carga, los caballos de tiro y los carruajes de las familias de alcurnia.
El corral urbano era un espacio ruidoso y denso que alteraba las mañanas de la cuadra. El arrastrar de los cascos sobre el empedrado, el relincho de las bestias a la hora del pienso y el trajín de los mozos herrando mulas componían la verdadera sinfonía productiva de la capital. El centro histórico funcionaba como un gigantesco establo refinado: no se concebía la riqueza de una finca si esta no contaba con un patio trasero espacioso capaz de albergar el transporte familiar.
Esta convivencia estrecha con el animal forjó un carácter local habituado a los olores rudos del campo y consciente de que el progreso y la elegancia que se exhibían en el paseo del domingo se sostenían, literalmente, sobre la fatiga y el lomo de las recuas que descansaban detrás del muro de adobe de la sala.


