Si la historia tradicional de San Luis Potosí suele coronar a los generales que ganaron batallas a caballo, la historia de las ideas le debe gran parte de su solidez a los pensadores minuciosos como Juan Benito Díaz de Gamarra. Este filósofo e introductor de la ilustración eclesiástica entendió, en la segunda mitad del siglo XVIII, que el mayor enemigo del desarrollo de la provincia no eran las carencias materiales, sino el peso muerto de una educación escolástica que prefería la repetición de dogmas antes que la experimentación científica real.
A través de su obra fundamental, Errores del entendimiento humano, Gamarra se impuso la tarea de limpiar las aulas de las viejas supersticiones coloniales que pretendían resolver las plagas del campo con novenarios o las dolencias del cuerpo con amuletos de botica. Introdujo el estudio de Descartes, Newton y Gassendi, defendiendo que la física y las matemáticas eran herramientas indispensables para que los criollos comprendieran su entorno sin necesidad de intermediarios místicos.
Su labor instauró la dictadura del dato comprobable en una sociedad potosina que estaba demasiado habituada a resolver sus dudas mediante el susurro de la sacristía o el presentimiento de la banqueta. Díaz de Gamarra nos enseñó que una mente moderna no se construye con obediencia ciega, sino con una curiosidad rigurosa que se atreva a interrogar a la naturaleza en el laboratorio, sentando las bases de una tradición intelectual laica que, décadas más tarde, daría vida a los institutos científicos de la cantera rosa.


