El ordenamiento del espacio interior de los mercados potosinos reflejaba con fidelidad pasmosa la estructura de exclusión y privilegio que gobernaba a toda la ciudad.
Los locales fijos, construivos con cantera o madera sólida y protegidos de las inclemencias del tiempo, pertenecían a las dinastías de comerciantes que controlaban el abasto de granos y ultramarinos, hombres que formaban parte de las juntas de mejoras y hablaban de tú a tú con el alcalde.
En el extremo opuesto estaban los «vendedores de piso» o puesteros eventuales. Estos habitantes de la periferia o de las comunidades rurales vecinas debían pagar una cuota diaria al recaudador municipal por el derecho de extender un petate en los patios abiertos del mercado.
Su mercancía era precaria y estacional: nopales, tunas, leña o loza de barro hecha en los talleres de los barrios. Esta distribución espacial garantizaba que la riqueza se exhibiera en el centro y la necesidad se arrrinconara en los márgenes, recordándonos que en San Luis el progreso arquitectónico de los mercados no eliminó la brecha social, sino que le dio un techo de lámina a los de siempre y un rincón de tierra a los que bajaban del cerro con el jornal a cuestas.


