Antes de que el cine, la radio y la televisión privatizaran el entretenimiento dentro de las casas, el espectáculo en San Luis Potosí era una experiencia ruidosa, masiva y eminentemente presencial.
La diversión se buscaba en la calle: en las acrobacias de carpa de Ricardo Bell, en las funciones de circo ecuestre que se instalaban en los baldíos o en las verbenas de las fiestas de barrio. Entretenerse requería salir de la casona y mezclarse con la multitud en un ejercicio de catarsis colectiva.
El público potosino era apasionado y exigente. La falta de distracciones electrónicas convertía a cada evento en el tema de conversación único para las siguientes semanas. Las carpas o el teatro provisional eran los foros donde la sociedad se congregaba para aplaudir el valor o abuchear la flojera sin medias tintas.
Esta cultura del espectáculo público mantenía viva la cohesión urbana; la emoción se compartía con el vecino de banca, uniendo a la ciudad en una misma exclamación de asombro o de espanto, recordándonos que en San Luis, la diversión siempre fue un asunto de comunidad que requería el calor de la grada y la presencia física del artista en el escenario.


