Más allá de las leyendas culinarias, la dieta cotidiana en el San Luis de hace un siglo era un ejercicio de pragmatismo y adaptación al Altiplano. El potosino promedio no vivía de enchiladas potosinas todos los días; su mesa estaba dominada por el maíz, el frijol y el chile, esa trinidad que ha sobrevivido a todas las modas.
La carne era un invitado de honor que aparecía los domingos o en las fiestas de guardar, mientras que el nopal y las legumbres del huerto familiar eran los protagonistas de la supervivencia diaria.
La alimentación estaba rígidamente marcada por las estaciones y por el bolsillo. Se comía lo que la tierra seca permitía y lo que el mercado ofrecía a precio razonable. En las casonas del centro, la dieta incluía influencias españolas y francesas, con sopas de pasta y guisos más elaborados, pero en los barrios, el sabor lo ponía la manteca y la tortilla recién salida del comal.
La bebida nacional era el agua de la fuente o el pulque, que servía de alimento y de consuelo. Esta dieta forjó un carácter sobrio y resistente. El potosino aprendió a encontrar la felicidad en la sencillez de un bocado bien sazonado, entendiendo que, en un desierto de cantera, el hambre es el mejor condimento y la regularidad del abasto es la única verdadera señal de prosperidad.


