La relación entre San Luis Potosí y el poder central siempre ha sido un duelo de miradas. Los cambios nacionales suelen llegar aquí como una sugerencia que nosotros decidimos cómo y cuándo aplicar.
El poder local ha sabido utilizar nuestra posición geográfica y nuestra riqueza minera para negociar una autonomía de facto que los gobiernos de la capital a veces fingen no ver. Somos el estado que está «en medio de todo», lo cual nos da la ventaja de ver venir los problemas desde cualquier punto cardinal.
Frente a los cambios bruscos que se dictan desde la Ciudad de México, el poder local potosino suele aplicar la vieja fórmula virreinal: «obedézcase pero no se cumpla». Se acepta la ley pero se administra su aplicación según el humor de las familias influyentes y las necesidades de la industria local.
Esta resistencia discreta nos ha salvado de muchas locuras nacionales, pero también nos ha dado esa fama de ser una ciudad difícil de gobernar desde fuera. San Luis es un feudo que prefiere sus propios pleitos a las soluciones ajenas, recordándoles a todos que aquí la cantera es rosa pero la voluntad es de hierro, y que el poder real siempre duerme en una casa con patio interior en el centro histórico, no en un despacho de la capital.


