Intérpretes de lengua de señas: vocación, retos y una labor esencial poco visibilizada

La interpretación en lengua de señas es mucho más que aprender gestos o memorizar un abecedario: es una profesión que exige años de preparación, sensibilidad y un profundo compromiso con la comunidad sorda. Así lo comparte Ámbar, intérprete con cerca de una década de experiencia, quien ha hecho de esta labor una forma de vida.

“Me dedico a interpretar desde hace aproximadamente 10 años; empecé desde muy chiquita”, relata. Su acercamiento a la lengua de señas no fue casualidad, sino una experiencia que marcó su destino. Fue su hermana, nueve años mayor que ella, quien comenzó a enseñarle cuando realizaba su servicio social con personas sordas. “Ahí empezó todo”, recuerda.

Para Ámbar, interpretar implica mucho más que traducir palabras: es un ejercicio complejo que requiere habilidades lingüísticas, conocimiento cultural y una alta capacidad de empatía. “Ser intérprete conlleva esfuerzo mental, estudiar la lingüística, entender la cultura y tener respeto por la comunidad sorda”, explica.

Platica que este aprendizaje no se adquiere con cursos básicos. “No se aprende solo con el abecedario; son años de preparación y de adentrarse completamente en la cultura. Como cualquier idioma: siempre está cambiando, y necesitas actualizarte constantemente”, señala.

Sin embargo, a pesar de su relevancia social, esta profesión enfrenta múltiples obstáculos. En San Luis Potosí y en general en México, el número de intérpretes es reducido, y las condiciones laborales no siempre son favorables. “Es un trabajo poco remunerado, no contamos con seguro social y tampoco hay suficientes instituciones que enseñen formalmente la interpretación”, comenta.

A esto se suma el alto costo de las certificaciones, que resulta inaccesible para muchos interesados. Gran parte del aprendizaje se da por vocación. “Uno lo aprende por amor a la causa, por las ganas de ayudar, y eso es lo que te impulsa a seguir creciendo”, comparte.

Otro de los desafíos es la falta de respeto a los espacios de interpretación. “A veces estamos trabajando y la gente pasa frente a nosotros o interrumpe; no se dimensiona la importancia de lo que hacemos”, señala.

Pese a las dificultades, Ámbar destaca la satisfacción personal que brinda su labor. “Es una profesión muy bonita, te llena bastante”. Por ello, hace un llamado a fomentar más esta actividad y reconocer su valor como un servicio esencial. “Lo que hacemos es de primera necesidad, y debería tener mayor impulso y respeto”, concluye.

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