La economía doméstica potosina ha sido, por siglos, un ejercicio de equilibrismo extremo. Las familias aprendieron a vivir en un estado de incertidumbre donde el ingreso de mañana era una hipótesis y el gasto de hoy una certeza dolorosa.
Esto generó una cultura del ahorro que no se basaba en la inversión, sino en el ocultamiento: monedas guardadas en calcetines, billetes bajo el colchón y una desconfianza absoluta hacia cualquier institución que prometiera rendimientos mágicos.
Se administraba la carencia con una dignidad que a veces rayaba en lo absurdo. Se remendaba la ropa hasta que el parche era más grande que la tela original y se inventaban platillos con lo que el huerto familiar permitía.
Esta economía de guerra, practicada en tiempos de paz aparente, nos volvió un pueblo cauteloso y poco dado a los excesos. En San Luis, gastar de más se considera una falta de respeto al futuro, que por definición siempre va a ser difícil. La incertidumbre nos hizo administradores del centavo y filósofos de la escasez, convencidos de que la mejor forma de enfrentar el mañana es asegurándose de que hoy todavía quede un poco de carbón en la cocina y un objeto de valor en el ropero por si las dudas.


