En el San Luis de las buenas conciencias, el matrimonio era un asunto demasiado serio para dejárselo a los sentimientos. El amor era visto como una enfermedad temporal que podía arruinar una buena herencia, por lo que los padres preferían actuar como gerentes de una fusión comercial.
Las uniones se planeaban con la misma precisión con la que se traza una mina de plata: se calculaban los activos, se evaluaba la pureza del linaje y se firmaban acuerdos que incluían desde tierras hasta juegos de té de estilo francés.
La felicidad de la pareja era un detalle secundario, una opción que podía o no presentarse con los años, pero que no figuraba en el contrato original. Estos matrimonios arreglados mantenían la estructura de la ciudad intacta, asegurando que el dinero no cambiara de manos y que los secretos familiares se quedaran bajo el mismo techo. Era una diplomacia de alcoba donde la pasión era sustituida por el patrimonio.
Al final, muchas parejas potosinas terminaron queriéndose, no por afinidad espiritual, sino por la mutua gratitud de no haber arruinado la fortuna de la familia con un arranque de romanticismo innecesario.


