Hubo un tiempo en que salir a la calle sin sombrero en San Luis era equivalente a salir sin pantalones: una falta a la decencia que podía llevarte directamente a la sospecha social.
Pero el sombrero no era solo una protección contra el sol inclemente que nos tuesta el juicio; era una credencial de identidad inmediata.
Por la calidad del fieltro y la forma del ala, cualquier transeúnte podía determinar si el individuo era un minero con suerte, un burócrata con aspiraciones o un heredero en decadencia.
Quitarse el sombrero era un lenguaje complejo: se hacía con distintos grados de humildad según se pasara frente a una iglesia, un militar o un acreedor. El sombrero funcionaba como un techo portátil que nos daba seguridad en una ciudad donde todo el mundo estaba pendiente de qué tan alto podías llevar la cabeza.
Cuando la moda cambió y las cabezas quedaron al desnudo, San Luis perdió gran parte de su misterio. Ahora, sin el ala del sombrero para ocultar la mirada, los potosinos tenemos que esforzarnos mucho más para disimular nuestras verdaderas intenciones ante el vecino que siempre nos está observando.


