En el San Luis del siglo XIX y principios del XX, la cultura era un club privado con derecho de admisión estricto. La vida cultural se concentraba en las salas de las grandes casas y en eventos donde la invitación dependía del apellido y de la cuenta bancaria.
Leer a los clásicos o asistir a un concierto de piano era una forma de distinción social, una manera de decir: «soy culto, luego soy mejor que tú».
El acceso a los libros y al conocimiento estaba rigurosamente estratificado. Mientras las élites discutían literatura francesa, el resto de la ciudad se conformaba con la cultura oral y las fiestas populares. Esta brecha creó una cultura de dos velocidades: una académica y distante, y otra vibrante y callejera.
Los espacios formales, como el Teatro de la Paz, eran templos de la exclusividad donde el orden de los asientos reflejaba la jerarquía social de la ciudad. San Luis era una ciudad que amaba la cultura, siempre y cuando sirviera para marcar la raya entre los que sabían latín y los que sabían arar la tierra. Fue una época de esplendor intelectual para unos pocos y de silencio obligado para la mayoría.


